¿Sabías que la primera persona en mapear el fondo oceánico fue Marie Tharp y al principio nadie le creía?
A mediados del siglo XX, el fondo del océano era el mapa en blanco más grande de nuestro planeta. Se creía una llanura inerte y plana. Esta es la historia de cómo una científica, desde un pequeño despacho y sin poder subir a un barco, descubrió la cordillera más larga del mundo y demostró que los continentes se mueven.
Los cimientos de una mente pionera
Marie Tharp no llegó a la geología por azar, pero sí de una manera inusual para su época. Nacida en 1920 en Ypsilanti, Michigan, Marie creció rodeada de mapas. Su padre, William Tharp, trabajaba para el Departamento de Agricultura de los Estados Unidos trazando mapas de suelos. Marie solía acompañarlo en sus trabajos de campo, una experiencia que sembró en ella la capacidad de observar el terreno con ojos científicos.
A pesar de su interés temprano, su camino no fue directo. Se matriculó en la Universidad de Ohio, donde se graduó en 1943 con títulos en inglés y música. Sin embargo, la Segunda Guerra Mundial cambió el curso de su vida y de la ciencia: debido a que los hombres estaban en el frente, las universidades abrieron sus departamentos de ciencias y tecnología a las mujeres. Marie aprovechó la oportunidad y se graduó en Geología por la Universidad de Michigan en 1944.
Y no se detuvo ahí. Consciente de que la ciencia del futuro sería matemática, obtuvo una licenciatura en matemáticas en la Universidad de Tulsa mientras trabajaba para una compañía petrolera. Con esta formación híbrida —geología para entender la tierra, matemáticas para procesar datos y arte para dibujarlos— Marie se mudó a Nueva York en 1948, donde se convirtió en una de las primeras mujeres contratadas por el Observatorio Geológico Lamont.
Exiliada en el laboratorio
En Nueva York, la situación de Marie era, cuanto menos, paradójica: a pesar de su brillante formación, tenía prohibido participar en las expediciones oceanográficas. ¿Por qué? Por la superstición de la Marina de aquel entonces que decía que las mujeres a bordo de los barcos de investigación traían mala suerte.
Mientras su colega Bruce Heezen navegaba por el Atlántico recogiendo perfiles sonoros con los primeros sonares de la posguerra, Marie se quedaba en tierra. Ella era el “cerebro en la base”. Su trabajo consistía en recibir kilómetros de rollos de papel con registros de profundidad (ecogramas) y transformarlos en algo que el ojo humano pudiera entender: un mapa.
Escuchando y dibujando a ciegas
Sin haber pisado jamás la cubierta de uno de esos barcos, Marie empezó a unir los puntos. El proceso era agónico. Tenía que corregir las desviaciones de las rutas de los buques, ajustar las escalas y dibujar a mano cada sección transversal del lecho marino.
En 1952, mientras trazaba los perfiles del Atlántico Norte, notó un patrón sistemático. En lugar de una llanura o una montaña continua en el centro del océano, aparecía una muesca profunda en forma de V. Marie identificó una estructura gigantesca: una cordillera que recorría el centro del océano, pero que en su punto más alto tenía un valle de grieta (un rift).
Para Tharp, la conclusión fue instantánea y revolucionaria: si había una grieta en el centro del océano, significaba que el fondo marino se estaba separando. Era la prueba física que necesitaba la teoría de la deriva continental de Alfred Wegener, que hasta entonces había sido ridiculizada por la ciencia oficial.
Nadie creía en su descubrimiento
Cuando Marie le mostró los bocetos del valle de grieta a sus colegas de profesión, la respuesta de este fue sorprendente. Tacharon el descubrimiento de Marie como “charlas de chicas” (girl talk) y se negaron a creer en la existencia de la grieta durante casi tres años. En aquel momento, creer en la deriva continental era considerado una herejía académica; se pensaba que la Tierra era sólida y estática.
Pero lejos de amedrentarse, Tharp continuó con su labor silenciosa. Y finalmente, los hechos le dieron la razón. Heezen intentó superponer un mapa de epicentros de terremotos sobre los dibujos de Marie y la verdad se volvió innegable: los terremotos se alineaban con precisión matemática a lo largo de la grieta que ella había dibujado. El “valle de grieta” no era un error de cálculo; era la herida abierta por la que la Tierra creaba nueva corteza.
El mapa que cambió el mundo
En 1957 publicaron el primer mapa del Atlántico Sur y, finalmente, en 1977, el icónico Mapa Mundial del Suelo Oceánico. Por primera vez, la humanidad pudo ver la Dorsal Mesoatlántica, una cordillera de más de 65.000 kilómetros que rodea el globo como la costura de una pelota de béisbol.
El trabajo de Marie Tharp permitió que la Teoría de la Tectónica de Placas pasara de ser una hipótesis loca a una realidad científica. Ella no solo mapeó el subsuelo marino; mapeó la dinámica de un planeta vivo.
Un legado para la historia
Marie Tharp pasó gran parte de su carrera a la sombra de Heezen, y no fue hasta décadas después cuando recibió el reconocimiento que merecía. Después de la muerte de Heezen en 1977, Tharp continuó su trabajo, aportando datos reveladores hasta su muerte en 2006. En octubre de 1978, recibió la Medalla Hubbard de manera póstuma, el mayor honor de la ‘National Geographic Society’.
Su historia es hoy un símbolo de cómo la observación meticulosa y el análisis de datos pueden derribar los dogmas más arraigados. Hoy, cuando celebramos el Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia, Marie Tharp nos recuerda que el conocimiento no siempre está en la superficie. A veces, las verdades más grandes están esperando a ser descubiertas donde, a priori, parecen imposibles de ver.
